dissabte, 1 d’octubre de 2016

CRÒNICA DE L'IGOR A L'ULTRA PIRINEU 2016

CRÒNICA DE L'IGOR A L'ULTRA PIRINEU 2016
El pasado sábado 24 de septiembre cumplí un sueño, … otra vez… mejor dicho, por tercera vez. 

Recuerdo cuando antes del año 2013 soñaba en participar en lo que por entonces se denominaba la carrera Cavalls del Vent.  La carrera competitiva se amplió en 2013 a 92kms, en 2014 a 100, y hasta 110 los dos últimos años, cambiando el nombre por Ultra Pirineu.

Mi idilio con esta carrera viene desde antes de 2013. Como decía antes, soñaba con participar en ella. Solía decir lo que hoy escucho decir a amigos y conocidos: “un día me gustaría hacerla”.



En septiembre de 2013 conseguí dorsal para la carrera, de casualidad y gracias a una lesión, y con el apoyo de un antiguo compañero del INEFC.  Esto es largo de explicar, pero desde entonces siempre digo que de las lesiones se sale reforzado. No había preparado como se merece esta carrera, pero la ilusión podía más, y ese 21 de septiembre estuve a las 7 de la mañana en la plaza Portxada de Bagà, con la banda sonora del último Mohicano. Fui ahí pensando que sería como la Matagalls-Montserrat. Nada más lejos. Me llevé una buena lección de humildad y respeto hacia la montaña. Abandonaba la carrera en el kilómetro 80, en Sant Martí del Puig, a falta de 14 kilómetros. Desconocía la subida por els Empedrats, pero ni mi cuerpo ni mi cabeza daban para más. Abandoné y me prometí que ahí no me volverían a ver. Pero esa promesa no la cumplí. He vuelto tres veces más.



Este último año ha sido el mejor. No por el resultado, sino por las sensaciones vividas. Sabía muy bien donde me metía. Conozco bien el recorrido. Hace tres años que con la familia pasamos las vacaciones de agosto en Saldes, para tener cerca el Pedraforca y poder reconocer y preparar la carrera a conciencia. En esto tengo mucho que agradecer a Laura, mi mujer. Entiende que la Ultra Pirineu significa mucho para mí, no sólo hasta el punto de condicionar nuestras vacaciones, sino que también me da soporte durante la carrera, esperándome en los puntos de avituallamiento para ayudarme con la alimentación, la ropa y los ánimos, sin mencionar las demás maratones y carreras en las que participo con el pretexto de preparar la Ultra.



Decía que este año ha sido el mejor de las 4 ediciones que he participado, porque fui consciente que querer disfrutar de cada metro del recorrido. Y creo que lo conseguí.



Tomé una buena posición en la salida. Llegué a la plaza a las 6:30h de la mañana y pude colocarme bastante adelante. Aunque no para competir por ninguna victoria. Sólo por evitar algunos tapones de “tráfico” que hay antes de llegar al Rebost. No es un gran inconveniente; sólo el precio que se paga por participar en una carrera tan conocida.  Me sentí ligero desde la salida. La última semana de descanso, buena alimentación y un masaje de descarga el lunes anterior hacían efecto. Después de 1h 20’ llegaba al Rebost. Apenas paré en el avituallamiento; quizás 30 segundos. Seguí hacia arriba. El día anterior llovió y se esperaban tormentas para la tarde del sábado. Pero la mañana presentaba un tiempo inmejorable. Buena temperatura, cielo despejado, ni una nube. Llegué al Niu del Áliga en poco más de 2h30’. Ahí estaba Laura y Jordi, siguiendo el plan que habíamos acordado. Una parada de menos de 5 minutos y a seguir. Una bajada hacia Coll de Jou y la subida a Penyes Altes. Después de 3h de carrera venía una de las partes que me da más respeto. Ya de por si es una zona húmeda, con algún paso técnico donde un resbalón puede dar mucho a perder. Hay que ir con prudencia. La lluvia de la noche anterior dejó el terreno muy deslizante, pero no peor de lo que imaginaba. En poco rato estaba ya de bajada hacia el refugio del Serrat. Me acuerdo llegar contento, sonriendo. Luego viendo la grabación que me hicieron Laura y Jordi recordé lo que me hizo reír: un niño de unos 5 o 6 años corriendo a mi lado animándome para que nadie me adelantara. No venía nadie detrás en ese momento y tampoco me preocupaba la idea: pero fue muy gracioso.



Ahí les dejé los bastones. Aunque los considero imprescindibles para más de la mitad de la prueba, el tramo hasta Bellver es bastante plano, y si reduces algo de peso se agradece. Recuerdo el primer año que participé; se me ocurrió presentarme a la carrera sin bastones. Aunque cada año veo valientes sin, yo no concibo una carrera de más de 6.000 metros de desnivel positivo “a pelo”.



En Bellver conviene llegar habiendo guardado para lo que viene. Para mi gusto, el tramo hasta el Pendís es el más pesado y menos agradecido. Salí del pabellón de Bellver sobre las 13:20h, de nuevo con los bastones, después de comer y prepararme para las próximas 6 horas. Desde ahí no volveré a ver al equipo hasta Gósol. Y en esas 6 horas pueden pasar, y pasan muchas cosas; sobre todo por la mente. Cada año se me hace largo llegar al refugio del Cortals. Además me pasó algo irónico. En los 3 minutos que estuve parado en ese refugio me desaparecieron los bastones. Perdí algo más de 5 minutos discutiendo con otros corredores a quien les acusé de habérmelos quitado.  Qué vergüenza ahora que lo recuerdo, pero es que se me vino el mundo encima. No podía imaginar llegar a Prat d’Aguiló, o subir el Pas de Gosolans, sin ellos. Después de aceptar el chasco apareció un francés, avisando que se había confundido cogiendo los míos en lugar de los suyos.

Se solucionó, y creo que eso me dio una dosis de motivación. Había aceptado muy rápido la situación, y de repente volvía todo tal como estaba planeado.



Saliendo del refugio unos 15 minutos más y llegas al Coll del Pendis. Ahí note que iba bien. El tiempo acompañó. Se estaba nublando y parecía que el pronóstico de lluvia iba a cumplirse. Pero la temperatura se mantenía bien. Mi cuerpo respondía bien: Las piernas pesaban, pero apenas sin tirones ni contracturas. Subía a buen ritmo, y en los planos y las bajadas podía trotar. Llevaba más de 8 horas de carrera y podía ir al mismo ritmo que en los entrenos.



Al llegar a Prats d’Aguiló, es cuando noto que voy a terminar la carrera. Cada año visito el refugio como 4 o 5 veces. Lo conozco bien de mis estancias de verano en Saldes. Suelo dejar el coche en el mirador del Grasolet y subo hasta el Collell, y de ahí hacia arriba. Desde el Pas dels Gosolans ves la comarca de la Cerdanya por un lado, y el Berguedà por el otro. Gisclareny a un costado y el Quer Foradat al otro. Una parte de mi familia es originaria de este pueblecito de la cara norte del Cadí. Imagino que lo llevaré en el ADN y por eso esa sensación de bienestar que siento cuando estoy ahí.



En Prats no paro más de 4 minutos. Suficiente para llenar los bidones de agua, comer algo de fruta y sentir que estoy bien. Me he dosificado. Incluso habiendo hecho el último tramo a buen ritmo: apenas 1h45`desde el Pendís. Veo algunos corredores con aspecto cansado, y eso me da energía. No me siento mal por ello. Creo que me he dosificado bien, y es momento de aprovecharlo. Cuando llego al Pas de Gosolans respiro la sensación de tener media carrera el bolsillo. Me conozco bien ese terreno, y en ese momento en mi ipod suena Born to Run de Bruce Springsteen. No puedo evitar la emoción, y como los dos años anteriores, es momento para dejar soltar unas lágrimas de felicidad. Lo sé; noto que voy a terminar. Me conozco y confío que me queda suficiente dentro para los próximos 45 kilómetros.



No diré que la bajada a Gósol fuera un paseo, pero casi. Porque lo disfruté a cada paso. El terreno estaba suave. Las últimas lluvias lo han blandecido, lo justo para que no haya barro y se amortigüe la zancada. Recuerdo el año pasado que en ese tramo veía las estrellas. Es momento para acordarme del podólogo que me hizo las nuevas plantillas. Seis meses antes no habría imaginado poder volver a correr sin dolor en el pie, y ahí estaba ahora, en uno de mis rincones favoritos; un pequeño paraíso, cerca de Gisclareny. Llegar a Gósol se me hace corto. Una hora de bajada; casi dos desde que dejé Prats, y casi 6 desde que salí de Bellver. Eran casi las 7 de la tarde. Estaba cumpliendo mi plan mejor de lo que habría esperado.



Gósol es un momento de parada muy estratégico. En nada empieza la noche. Quedan por delante más de 6 horas que hay que saber dosificar. Lo mejor de llegar ahí es poder ver a Laura y a Jordi, con dos invitados muy especiales: mis padres, No han fallado a la cita. Han venido expresamente para verme. Los cuatro me animan mucho. Sólo verles representa una gran dosis de motivación. Ah, y el masaje en los gemelos de mi pierna derecha. No es que no me acuerde. Creo incluso que fue bastante determinante. Bajando a Gòsol noté una molestia en los gemelos, el soleo, … no lo sé, pero me recordó demasiado el dolor de la lesión del 1 de febrero, cuando rompí el soleo entrenando. Me aparece el fantasma de la lesión. Recuerdo haberles hablado a los gemelos mientras corría. Pedirles que me respeten. Supongo que es un efecto de la fatiga; muchas horas solo, sin hablar con nadie. Pero lo reconozco. Lo hice: les prometí a mis gemelos que si aguantaban les compensaría con unas sesiones de fisio y masaje. Y creo que esta promesa no me va a costar cumplirla.



Salgo de Gósol a las 19:20 dirección al Estasen. Me siento como en casa. Estoy en casa. Conozco bien el camino, y sé que lo más delicado está por venir. A los 20 minutos empieza a llover. Sé que después del Estasen viene la bajada al Grasolet. Es un pendiente muy pronunciado, húmedo y deslizante. No quiero imaginar cómo estará con esta lluvia. Mis sospechas se cumplen. Había que ir con mucho cuidado. En especial los dos tercios primeros de bajada. Después de girar a la izquierda, cruza dos veces un riachuelo, y en el último tramo ya se ve el refugio. Había mucho ambiente. Con música y altavoces no paraban de dar mensajes de ánimo a los corredores. Desde el refugio ven en la oscuridad los puntos de luz de los frontales de los corredores que bajamos, y nos animan a aflojar. Me paro a beber algo, nada, ni un minuto, y sigo. Viene la penúltima subida (no es verdad, es la antepenúltima, pero me engaño; es un recurso que uso para motivarme). Subo al Coll de Bauma y al llegar arriba empieza a llover un poco, y se cierra una espesa niebla. Más tarde me cuentan que en ese momento estaría cayendo un fuerte diluvio en Bagà. Justo cuando llegaban las primeras clasificadas a la línea de meta: serían casi las 10 de la noche y llevábamos 15 horas de carrera.



Me siento cómodo y llego a Vents del Cadí bastante rápido. Ahí hay control de material. Afortunadamente llevaba todo el material obligatorio: teléfono, chubasquero, manta térmica, pantalón impermeable, silbato. Luego me contaron que unos 15 participantes fueron descalificados por no llevar ese material. Ese era el segundo control de material, después del de Bellver. No quiero imaginar la sensación de llegar al penúltimo control de paso y no poder continuar por no cumplir el reglamento.



Sorprendo a Jordi y Laura charlando tranquilamente, por lo rápido que llego. No me esperaban tan pronto. Eran las 11 de la noche. Me sentía muy bien, e igual que en los 100 kilómetros anteriores, muy feliz y disfrutando mucho de la experiencia. Era consciente de lo que todavía me quedaba, y deseaba poder mantener el mismo buen ritmo de los últimos 20 kilómetros; aunque eso ya no pudo ser.

La subida al refugi Sant Jordi se me hizo larga. Sabía que ahí me harían falta unas dosis extras de energía. Por eso en agosto, hice ese tramo con mi mujer y mis hijos. Subimos los cuatro por els Empedrats, y a medio camino entre la Font d’Escriu y el refugio decidimos tocar una roca los cuatro juntos para “almacenar” en ella una dosis de energía, por si la necesitaba el día de la carrera. No sólo toqué la roca, sino que mis hijos se acordaron y me preguntaron al llegar a casa si usé esa energía. Me hizo falta.



Me costó más de lo esperado llegar al refugio. Y fue en la bajada, los últimos 10 kilómetros, donde empecé a pagar el esfuerzo. Me empezó a doler la rodilla y me costaba horrores cada zancada. Parece increíble, pero después de haber superado más de 6.000 metros de desnivel positivo, todavía deseaba la subida del Coll d’Escriu para descargarme los cuádriceps. Ésta si es ya la última subida. La que cuando estaba en el Grasolet no quería contar. Es corta, por eso casi no cuenta. Y sabes que cuando llegas arriba, ya está; sólo hay bajada hasta Bagà. Si, “sólo” si las rodillas están enteras, pero la pendiente pronunciada y el trabajo excéntrico de la musculatura, no hacen más que incrementar la sensación de dolor.

Son casi la 1 de la madrugada. Estoy sólo, en la oscuridad, hace bastante rato que no me cruzo con ningún otro corredor. Sigo con mi música. Y en ese momento me viene a la cabeza la noticia que escuché hace unos días, y que ha sido para mí una fuente de inspiración en varios momentos de la carrera. No sé porque me acordé de esa chica de 18 años que hace unas semanas perdió la vida luchando contra la leucemia. Ariadna Benedé. No la conozco de nada; tampoco el proyecto que ella impulsó, y lamentablemente no pudo terminar: el PROJECTE ARI (www.projecteari.com) mediante el cual perseguía conseguir financiación para importar de los USA un tratamiento contra la enfermedad (el CART) con porcentajes muy elevados de éxito. El proyecto sigue, es el legado que dejó.

De repente me sorprenden dos corredores que me adelantan. No sé de donde han salido, pero o ellos van muy fuertes, o realmente empiezo a estar tocado. Apuesto más por lo primero. No quiero perder la motivación. No ahora. Me faltaban poco más de 4 kilómetros. Prácticamente la mayoría de asfalto. No me gusta, pero por lo que queda es mejor saborearlo. Como los últimos dos años, no sé si volveré el año que viene…



Llegando a Bagà, miro atrás y veo la luz de un frontal que se acerca. No tengo ninguna prisa, pero ahora no voy a dejar que me adelanten. Eran las 2 de la mañana. A esa hora ya no hay música en la meta. 19 horas después veo la alfombra verde. Laura me está esperando al final de las escaleras. Jordi debajo del arco de llegada. Otra vez esa sensación de éxito, de haberlo conseguido por tercera vez consecutiva. Es momento para dejar que fluyan las emociones. Disfrutar ese momento de cruzar la meta. De recibir la medalla en reconocimiento al esfuerzo. No he mejorado mi tiempo. Pero no es lo que más me importa. Esta vez no me llevo el crono. Me llevo la vivencia. Las horas de carrera en soledad, de hoy y de los meses anteriores. El apoyo de mi mujer, de mis hijos, de mi familia. La amistad de Jordi. Y el reconocimiento de mis amigos y conocidos, que saben que para mí esto es importante. Y mi satisfacción de conseguir un objetivo por el que he luchado. De hacer un sueño realidad, … por tercera vez.
Igor Martret

2 comentaris:

  1. Quin escrit mes maco molt be cosi he disfrutat molt llegint-lo

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  2. Ooooohhhh Igor!!! Felicitats!!! Tres anys seguits finisher, i aquest any amb tant bones sensacions!!!! Ole tu!

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